Las melancolías abren el
espacio del cartón vacio.
Son secretadas, son
auspiciadas en las falencias del género.
Entre ataúdes descansan
mis manos
Tacitas y vagabundas
Como el cielo que
desborda los ojos
Y solo ríe al contacto de
la risa
Veo a la culebra como se
acerca
Fría y lastimera, como
sus nupcias
Se hace tan pequeña que
casi no se ve
Se hace tan grande que me
desborda.
Me convierte en orador de
misa
Abre el apetito de la
condena
Como fugitivo de roces
Soy guardado entre
cárceles de telas
Como una foto vieja,
Un recuerdo de infancia
que me deja podrido
Queriendo volver a la
suavidad del respaldo.
Pero sabiendo que en las
cenizas descansa la poesía.
No dejaré los brazos
secos
Hasta que mi rezo se haga
pan
Y suenen los acordes de
la nueva vida
Los acordes cafés de lo
secreto.
No volaré más de mis ojos
Hasta que solo vea la
caricia de un perro
Y su labio se me haga
parte de mi carne
Arrastrando la violencia
De paso
Sintiendo el olor a la
vida retirada.
Las campanas de la verdad
suenan
Más lejanas que cerca,
pero suenan.
Cuando se sienten en mi
oreja.
Habré cumplido ya con mis
mandamientos.
Y seré tan puro que no
habrá perdón que me castigue.